La comunicación efectiva requiere de la escucha activa para que seamos capaces de interactuar e interrelacionarnos con nuestro interlocutor. Para poder entenderlo mejor, comencemos por distinguir entre escuchar y oír:
Oír es percibir sonidos sin prestarles atención, normalmente. En nuestra cotidianeidad estamos oyendo sonidos de todo tipo, algunos incluso se solapan entre sí, pero si no les prestamos atención puede que ni siquiera sepamos identificarlos.
Escuchar consiste en oír prestando atención, de tal manera que seamos capaces de reproducir aquello que hemos escuchado. Cuando al que escuchamos de forma atenta es al interlocutor, estamos hablando de escucha activa.
Si lo tuviéramos que definir en una sola frase, hablaríamos de escucha activa como escucha atenta y cuidadosa, con la intención de comprender lo que nos dice la otra persona. Se debe evitar, por tanto, cuando mantenemos una conversación con una persona o grupo de personas, ir preparando argumentos de nuestra respuesta, a la vez que escuchamos.
¿Qué conseguiremos escuchando?
Aumentar los niveles de sinceridad del interlocutor con nosotros, a medida que los demás se van dando cuenta de que les escuchamos.
Cuando nuestro interlocutor se siente escuchado, se siente válido, importante y motivado.
Desarrolla la creencia de que su opinión sirve para algo, que es importante y le tenemos en cuenta.
Reduciremos los niveles de estrés, en la medida que conseguimos rebajar la tensión de aquél que manifiesta queja, crítica y enrarece, por ejemplo, el clima laboral.
Nos permitirá analizar los problemas más profundamente, por lo que las medidas siempre se adecuarán a las necesidades y no a suposiciones.
Ser respetados, porque aquéllos a los que escuchamos nos ensalzan como personas.